domingo, 4 de noviembre de 2012

La Revolución de Octubre, aniversario 95 de la primera revolución socialista en el mundo

La Revolución de Octubre, también conocida como Gran Revolución Socialista de Octubre, abrió una nueva era en la historia de la humanidad. Constituyó la radicalización de la Revolución Rusa de 1917, tras la Revolución de Febrero y la abdicación del Zar Nicolás II.
   Fue liderada por los bolcheviques bajo la dirección de Vladimir Ilich Lenin y significó la primera revolución socialista declarada del siglo XX. La Revolución rusa fue uno de los más importantes hechos ocurridos en la época contemporánea. Su impacto fue palpable tanto en América como en Europa. Aunque la Revolución no hizo expandir el comunismo como un efecto inmediato, les dio a otros países convulsos del Tercer Mundo un ejemplo a seguir.
   Décadas después, el modelo filosófico/gubernamental tomaría renovada notoriedad a medida que la Unión Soviética, convertida en un estado socialista y en una superpotencia económica y militar, se enfrentara a los Estados Unidos en la Guerra Fría.
   Las causas económicas de la Revolución rusa se atribuyen en gran medida a la mala gestión del zar, sumado el Imperio a la Primera Guerra Mundial. Más de quince millones de hombres se unieron al ejército, que dejó un número insuficiente de trabajadores en las fábricas y las granjas.
   El resultado fue una escasez generalizada de alimentos y materias primas. Los obreros tuvieron que soportar terribles condiciones de trabajo, incluyendo jornadas de doce a catorce horas y bajos salarios.
   Se desencadenaron cuantiosas revueltas y huelgas reivindicando mejores condiciones y mayores salarios. Aunque algunas fábricas accedieron a las peticiones para elevar los salarios, la inflación de guerra anuló su efecto. Hubo una protesta ante la que Nicolás respondió con violencia, en respuesta, los trabajadores de la industria fueron a la huelga y paralizaron de hecho el ferrocarril y el resto de redes de transporte.  
   Las pocas mercancías que estaban disponibles no podían llevarse a su lugar de destino. Los precios se dispararon a medida que los bienes esenciales eran cada vez más escasos.
   En 1917, el hambre amenazaba a muchas de las grandes ciudades.
Las causas sociales de la Revolución tienen su origen en siglos de opresión del régimen zarista sobre los desposeídos.
   Aproximadamente un 85% del pueblo ruso formaba parte del campesinado, oprimido por la aristocracia feudal y los funcionarios imperiales. El vasallaje, asociado comúnmente con la Edad Media, describe con precisión la situación social de la Rusia de principios del Siglo XX.
   La Primera Guerra Mundial sólo aumentó el caos. La ingente demanda de producción industrial de artículos de guerra y obreros causó muchas más insurrecciones y huelgas. Además, como se necesitaban a muchos trabajadores en las fábricas, los campesinos emigraron a las ciudades, que pronto se vieron superpobladas, viviendo bajo condiciones que rápidamente empeoraron.
   Para colmo, mientras que la cantidad de alimentos requerida por el ejército era cada vez mayor, el abastecimiento tras el frente se empobrecía más y más. En 1917, el hambre amenazaba a la mayoría de las grandes ciudades. La suma de todos los factores anteriores contribuyó a un creciente descontento entre los ciudadanos rusos, que posteriormente desembocaría en la Revolución.
   Desde al menos 1904, los trabajadores de Rusia sufrieron una calamitosa situación económica. Muchos de ellos trabajaban once horas al día. Las condiciones de salud y seguridad en el trabajo eran precarias, y los salarios bajaban.
   Se produjeron numerosas huelgas y protestas con el paso del tiempo. Casi todas fueron ignoradas por el gobierno zarista o reprimidas, en ocasiones de una manera sangrienta.
   El fracaso de la política exterior rusa, especialmente en el Lejano Oriente con el fracasado intento de conquista de Manchuria y la debacle del ejército y la armada imperial durante la Guerra Ruso-Japonesa de 1905 causaron hondo malestar en distintos sectores sociales del país.
   Parte de la clase intelectual (educada en muchos casos en Occidente) también rechazaba la autocracia zarista. En 1915, la situación se tornó crítica cuando Nicolás decidió tomar el control directo del ejército, supervisando personalmente el frente de guerra y dejando a su incapaz esposa Alejandra al cargo del gobierno.
   Sobre octubre de 1916, Rusia había perdido entre 1,6 y 1,8 millones de soldados, a los que había que añadir dos millones de prisioneros de guerra y un millón de desaparecidos. Poco ayudaron estas cifras a la moral del ejército. Comenzaron los motines, y en 1916 empezaron a circular rumores de confraternización con el enemigo.  
   Los soldados estaban hambrientos y faltos de calzado, munición e incluso de armas. Se culpó a Nicolás de estas calamidades, y el pequeño apoyo que todavía le quedaba empezó a tambalearse.
   A medida que este descontento general y odio hacia Nicolás II crecían, la Duma  (cámara baja del parlamento ruso representada por terratenientes, ciudadanos, trabajadores de la industria y campesinos) emitió una advertencia al zar en noviembre de 1916 declarando que se avecinaba el desastre sobre la nación si no se ponían en marcha reformas constitucionales. Como era de esperar, Nicolás hizo caso omiso. El resultado no se demoró, y varios meses después el régimen colapsó durante la Revolución de febrero de 1917.
   El 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre según el Calendario gregoriano), el máximo líder del Partido bolchevique, Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), dirigió el alzamiento en Petrogrado, la entonces capital de Rusia, contra el gobierno provisional de Aleksandr Kérensky.
   La Guardia Roja, dirigida por los bolcheviques, se hizo con los principales edificios gubernamentales antes de lanzar un asalto final sobre el Palacio de Invierno durante la noche del 7 al 8 de noviembre.
   El asalto, dirigido por Vladímir Antónov Ovséyenko, fue lanzado a las 9:45 PM tras un disparo de salva desde el Crucero Aurora. El palacio fue tomado hacia las dos de la madrugada del día 8; el 7 de noviembre sería establecido oficialmente como fecha de la Revolución.
   Las heroicas jornadas de octubre —como las describió el periodista norteamericano  John Reed— estremecieron al mundo. Se abrió una nueva época para la humanidad. Ningún hecho posterior puede opacar la grandeza de los bolcheviques rusos. El 7 de noviembre de 1917 se conjugó lo más alto de la intelectualidad política europea con el espíritu revolucionario de la clase obrera rusa y la lucha de los campesinos por la tierra y sus derechos.
   Las hazañas de 1917 y de los años en que Lenin tuvo la conducción del proceso constituyen hitos de valor ejemplar e imperecedero en la lucha de los pueblos por la conquista de la libertad.
   Durante años y décadas, los comunistas y el pueblo de la URSS libraron batallas colosales y alcanzaron, en los campos económico, social, político, cultural y militar, avances prodigiosos. En relativamente corto tiempo histórico, convirtieron al empobrecido y explotado país que heredaron en una potencia mundial de primer orden.
   La Revolución rusa fue la primera que ganó el proletariado, pues la Revolución Francesa –de carácter burgués– dejó intacta la propiedad privada capitalista de los medios de producción como sistema económico imperante.
   En cambio, la Revolución rusa fue la prueba tangible que necesitaban los parias de la tierra para estar seguros de que el sueño de Marx no era irreal.
   La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió para la Humanidad una nueva era, la del paso de la teoría del socialismo científico a la práctica humana del socialismo.
 
 Miguel Fernández Martínez en Cuba, la Isla Infinita

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